De verdad que lo intento.
Una palabra, dos, tres. Aparece el verso y, seguidamente, lo ahogo en tachones. No me vale con eso: tengo que destruirlo completamente.

Me he vuelto una sádica con mis creaciones. Las odio. Las odio como me odian ellas a mí.

Tengo la cabeza llena de pájaros negros. No me sobrevuelan, sino que están dentro. Viven encerrados, como yo. Un día, uno anidó y ya no han vuelto a encontrar la salida. Hay días en que intentan salir. Revolotean, se chocan entre ellos y graznan. En esos momentos no oigo nada más que sus estériles intentos de huir.
pájaros negros.